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Puerto Madero tendrá que esperar

 

 

“Perdoná” —dijo el hombre de traje que un momento antes me había llevado por delante. Bajé lentamente la escalera adentrándome en la estación Uruguay, al tiempo que buscaba las monedas en el bolsillo trasero del jean.

Ese miércoles todos caminaban apresuradamente para ser atajados por la ventanilla de boletos. En el pasado he sido víctima de la despiadada espera en la ventanilla, llegando invariablemente a preguntarme «¿Para qué me apuré?» Resultando en una respuesta siempre evidente y burlona: para esperar y pensar en lo inútil que fue todo el apuro previo.

Planeaba unirme a la fila de oficinistas, cadetes, vendedores, y otros especímenes viajeros más veloces cuando mi visión de un mundo acelerado se detuvo abruptamente cual colectivo al llegar a la ya folklórica protesta de turno en el Congreso. 

Delante de mí se cruzó una chica de enrulados cabellos castaños acomodándose delicadamente en la fila. Mirando hacia abajo al tiempo que contaba las monedas hacía gala de breves y femeninos gestos que no me dejaban apartar la vista.

El ruido distintivo de una moneda de diez centavos golpeando el piso me quitó del sueño despierto. Era de ella. Aprovechando el descuido me abalancé al suelo con el mismo entusiasmo que sólo tendría una treintañera solterona corriendo a los brazos de Luis Miguel.

Como si esa moneda representara no sólo la cara más visible de la inflación sino también una esperanza de acercamiento, la tomé y se la llevé a la mano. "Creo que esto es tuyo" —dije, sonriendo estúpidamente. Ella me miró agradecida, con una expresión que parecía ser resultado de una cruza entre "qué torpeza la mía" y "hola, soy tímida".

Y lo era. Bastante, a juzgar por la forma en que su mirada escapó de la mía apenas terminó de decir "gracias", dándome la espalda.

Me pregunté qué decirle. ¿Y ahora qué? Podría usar la vieja rutina "¿Te puedo hacer una preguntita?" No, lo último que quiero es que mi acercamiento parezca una barato diálogo de levante. Pensaría que sólo soy otro joven con actitudes pueriles y fobia al compromiso cuya única motivación es conocerla para tratarla como a cualquier otra. Nada más lejos de la verdad.

¿Por qué todo debe ser tan complejo? —me pregunté. Pero nadie respondió la retórica existencialista y, para peor, ella ya estaba siendo atendida en la boletería.

Contraria a todas las personas anteriores de la fila, ella fue atendida en menos de diez segundos, pasando rápidamente a mi lado, encaminándose a la entrada de Los Incas mientras yo la seguía con la mirada. Impotente.

Surgía un problema. No estaba en mis planes ir para ese lado. Había planeado dirigirme a la estación opuesta para bajar en Puerto Madero. Tenía pensado sentarme en un banco de madera con vista al agua amarronada y ver los turistas pasar, como aquella vez que conversé con un inglés sobre la Casa Rosada y acordamos que en realidad no es rosada sino coral. (“Yes, it’s coral!” —había exclamado el inglés en aquella oportunidad.)

Mientras yo seguía entre recuerdos y recriminaciones al universo por la incapacidad de tomar una decisión pronto, ella iba pasando lentamente el molinete rumbo a la escalera del andén.

¿Qué hacer? ¿Iba tras ella? ¿O dejaba todo como estaba y seguía con el plan de relax en Puerto Madero?

Si bien por un lado el sentido de la aventura demandaba ir tras la chica de castaños rulos, por el otro, el sentido del ridículo me lo impedía. ¿Qué le iba a decir? “Hola, ¡qué sorpresa! Te encontré acá también... y no tiene nada que ver con el hecho de que estuve planeando por cinco minutos cómo hacerlo parecer casual. Ah, si, ¿cómo te llamás?” Grotesco.

Necesitaba un plan, no podía pararme delante de las balas así como así. En momentos como este quisiera poder detener el tiempo para calcular posibles escenarios. Es como jugar al ajedrez y pensar en cámara lenta mientras ves que tu oponente ya hizo media docena de movidas y se levantó con la intención de irse porque está aburrido de esperarte.

A pesar del deseo evidente de tener un plan, era claro que no había uno entre mis recursos. No podía pensar. Si quería hablar con la “señorita rulos” debía dejar de lado las maquinaciones y el temor a ser humillado públicamente por la hermosa desconocida.

Qué tenía que perder. Tiempo no. Tengo de sobra, soy escritor. Tengo tantos minutos para regalar que podría abrir una operadora telefónica. No, no, el tiempo definitivamente no era el problema. El dinero tampoco, a lo sumo pagaría noventa centavos más para volver. Eso no importaba. Admitámoslo, todo esto era una gran mascarada. Buscaba un problema para no tener que hacer nada. Quería un motivo —por más mínimo que fuese— para poder justificar mi cobardía y no tener que acercarme.

Sin embargo verla bajar la escalera fue el momento decisivo. El detonante. La bisagra. El antes y el después. El punto de quiebre. La… bueno, se entiende la idea.

Bajé al andén unos pasos detrás de ella, medio apurado por miedo a que justo llegara el tren y se fuera. No fuera cosa que después de todo el debate  parlamentario que tuve conmigo mismo para tomar valor y convencerme de seguirla se fuera sin poder decirle nada.

La vi a mitad del andén, haciendo tiempo, con el aire del ventilador moviéndole los rulos para todos lados, como en esas insípidas publicidades de shampoo que parecen existir en una completa irrealidad donde a todas las mujeres les brilla enceguecedoramente el pelo por razones que nadie comprende. Aunque la escena pareciera un ridículo cliché orquestado por alguien más eso no podría detenerme a esta altura.

Pensé brevemente qué podría decirle para comenzar una conversación. Ese es siempre el problema. Debía ser algo interesante, no podía acercarme a hablarle del clima. Sobre todo teniendo en cuenta que estando bajo tierra hubiera sido una conversación muy breve.

Haciendo uso de la originalidad que me caracteriza resolví decirle algo que no se le ocurriría a otro hombre en mi posición ni en un millón de años: “Disculpame, ¿este va al Abasto?”
— Sí. Tenés que bajar en Carlos Gardel.
— Ah, bueno. Gracias.

Se dio vuelta, volviendo a sus asuntos al tiempo que le daba la espalda a los míos.

Qué desastre. Esto era atroz. Si el futuro de la humanidad dependiera de mí en ese momento hubiéramos ido todos corriendo a sacar seguros de vida. Quizá decirle “en realidad no quiero jugar a la Guía T; solamente me interesa hablar con vos” hubiera tenido mejores resultados. Qué sencillo suena, y qué complicado es decirle algo así a una desconocida en la vida real, a mitad de un andén del subte, rodeado de gente.

Sin pensar nada concreto retorné a continuar la pública matanza de mi orgullo por última vez. Me obligaba a continuar porque no sentía ya temor, sino curiosidad por cuál sería el resultado de todo esto. Además ella no había sido descortés conmigo al responder la pregunta. Quizá yo pretendía que se arrojara a mis brazos con sólo preguntarle la hora. Admito que soy algo exagerado. Por eso volví a intentarlo.

— ¿Vos también vas al Abasto? —pregunté amigablemente.
— No, voy hasta Malabia, tengo clase de taekwondo —dijo ella, sonriendo.
— Mirá vos, qué curioso. En general las chicas no hacen artes marciales.
— Si, yo empecé cuando era muy chica.
— ¿Y en qué nivel estás? ¿Qué cinturón? Amarillo, verde, beige, rojo pasión?
—dije. Ella sonrió en algo que casi alcanzó a ser una tímida risa.
— Nah, es como un nivel intermedio.
Casi ni escuché que dijo eso, estaba ocupado mirándola sonreír. Y en ese momento el ruido a metal del subte frenando me devolvió a la realidad. La puerta quedó más cerca de su lado, obligándome a entrar detrás de ella y con la idea de no cortar el diálogo.
 
La charla se prolongó por unos cinco minutos hasta que el tren se aproximó a la estación Carlos Gardel. Debía hacer algo pronto o todo esto habría sido en vano, viéndose reducido a una ridícula conversación con una extraña.

El subte se detuvo despacio. Ella, sin darme tiempo a anticiparme, me preguntó: “¿Vos no bajás acá?” —Sí… pero no importa, sigo hasta Tronador y después cambio de andén—dije, casi rogando con la mirada que se lo creyera y le restara importancia. Ella me miró algo confundida, encogiéndose de hombros. No pareció importarle. Entonces, intentando dejar eso atrás, le pregunté qué carrera seguiría. No sabía aún. Cosa que a mí no me interesaba en lo más mínimo tampoco. Sin embargo hubiera hablado de política o economía con el afán de no permitir que la conversación agonizara en silencio.

Las estaciones pasaban con cada comentario que hacíamos. Todo iba demasiado rápido para mi gusto. Seguía sin tener un plan. Además tampoco tenía la menor idea de qué hacer cuando llegáramos a Malabia.

En la estación previa, Ángel Gallardo, comencé a sentir una fuerte ansiedad, aunque lo disimulaba a la perfección. Me cuestioné cómo hacer para hacerle entender que no quería que esa charla fuera lo único que hubiéramos compartido en nuestras vidas. Peor aún, ni siquiera sabía su nombre.

El tren se detenía. Estábamos entrando al andén de Malabia. Me convertí en mi peor enemigo en ese mismo instante. Me transpiraban las manos y podría jurar que la remera se movía levemente por la rapidez con la que me latía el corazón. Y esto no tiene nada de romántico, creí que me daría un paro cardíaco.

Apreté las manos y traté de calmarme. La miré pero ella no estaba devolviéndome la mirada. Parecía más interesada en su celular que en nuestra despedida. O en mí, para el caso.

Antes de que se fuera le pregunté rápidamente su nombre.
— Gaby—respondió, y agregó —¿Vos?
— Leo. Lástima que tengas que irte. Si en el futuro nos volvemos a cruzar podríamos seguir la charla en otra parte.
— Dale
—dijo ella con cierto entusiasmo, mirando de reojo el andén.
— Me tengo que ir —agregó apuradamente. Y dándome un beso me dijo: “Chau, cuidate”.

Jamás la volví a ver. Hasta este día si es miércoles y paso por la estación Uruguay me detengo un minuto mientras todos caminan apresuradamente buscando a la chica de castaños rulos contando las monedas en la fila.

—L.D.

 

NOTAS AL PIE.

A pesar de estar basada en hechos reales, esta historia no es absolutamente fidedigna a ellos. Mayormente porque me ocurrió hace más de un año, y mi memoria difícilmente puede retener diálogos exactos por tanto tiempo.